Sylain
Primer Capítulo


Una rara prenda le cubría los hombros y la espalda. Era liviana. Más de lo que podía recordar haber llevado nunca.

¿Recordar?

Sacudió aquella cabeza de forma extraña que tenía ahora, incapaz de pensar con claridad. Sus pensamientos…sus pensamientos rodaban con mucha lentitud en su mente. Eran pesados, y a la vez muy difíciles de seguir. Parecían volutas de humo siempre inalcanzables.

Trató de abrir los ojos. Los párpados se resistieron unos angustiosos momentos, pero finalmente le mostraron el mundo que lo rodeaba.

Y sintió terror.

No veía. ¡No podía ver!

Intentó tranquilizarse, dándose cuenta de que sí veía. Veía formas, colores y luces, formas, colores y luces…

Tantos…colores…

Cerró los ojos, aturdido, y dejó caer la cabeza sobre su pata…Que era tan extraña ahora.

—Tus ojos han cambiado —dijo una voz indiferente, infantil y cantarina.

El joven respiró hondo, llenando de aire esos pulmones que le eran tan ajenos, y se obligó a alzar la cabeza para ver.

La criatura que flotaba en el aire como un espejismo era blanca y azulada, como hecha de sueños, de humo y de niebla. Su cuerpo era el de una niña demasiado delgada, de tez redondeada y adorable, donde brillaban unos inmensos ojos absolutamente negros. Su larguísima cabellera, a medio camino entre el rizo y la ondulación, se mecía con suavidad en torno a su figura, enmarcándola como un halo perlino.

Su expresión no mostraba nada. Ni curiosidad, ni desprecio. Ni amor, ni odio. Ni cariño, ni rencor. Sólo indiferencia.

Ella —pues al menos su aspecto era de hembra— sólo cumplía con su función en el gran esquema de las cosas. Aquel era su trabajo, su destino, no su pasión. Así que no sentía nada.

—Todos tus sentidos lo han hecho —siguió aquel ser fantasmal—. Ves colores que antaño no podías haber soñado. A cambio, tu olfato y tu oído no son ahora gran cosa.

Era verdad. Aspiraba lenta, profundamente por la nariz, esa nariz rara, protuberante…y todos los aromas que le llegaban eran tenues, entremezclados en lo que parecía un solo hedor a orina.

—Incluso tu cerebro es distinto —prosiguió el ente—. Como no has nacido con él tendrás que acostumbrarte sobre la marcha. Si hubieras sido un poco más paciente podríamos haberte amoldado…

La interrumpió con un gruñido de impaciencia.

Se miró las manos, con sus garras largas y fofas.

Dedos, recordó. Se llamaban dedos, y podían retorcerse para coger cualquier cosa.

Llenó de aire sus nuevos pulmones, y exhaló en un suspiro grave, algo ronco, que lo desconcertó. ¿Era esa su propia voz?

Abrió la boca para emitir algún sonido, pero no pudo. Sólo el aire silbó ligeramente entre sus labios.

—Paciencia —repitió el ser fantasmal—. Debes ser paciente.

Pero él no quería ser paciente.

Desde el mismo momento en que había caído en aquella tierra, con ese cuerpo extraño que le era tan ajeno, el tiempo había empezado a correr.

Ladeando la cabeza miró al ente, que lo observaba con toda indiferencia.

No había un nombre que pudiera recordar. Tal vez aquel fantasma no tenía tal cosa, porque no lo necesitaba. Ella era una vigilante. Una observadora. Una…

Guía.

Porque debía guiarlo, al menos un poco, mientras luchaba por su corazón.

Su corazón.

Desvió la mirada por instinto, y su extraña vista multicolor captó luz un poco más lejos. Comprendió que estaba en un callejón oscuro, y lo que veía era una ancha avenida poco transitada que culminaba en una inmensa entrada de algún tipo de parque.

Entonces, como si la hubiera llamado, ella apareció.

Su cabello castaño ondeando el viento.

Sus ojos, de color ámbar, mirando atrás con ademán dulce.

Sus manos ágiles aferrando la bolsa.

Sus andares fluidos mientras seguía caminando.

De sus labios escapó un suspiro anhelante, mientras sus nuevos ojos captaban matices que nunca hubiera soñado siquiera.

El tono bronceado de la piel de la joven.

El color de su cabello, como si el otoño descansara en cada hebra.

El calor en sus grandes ojos.

Entonces, la joven se despidió de alguien y se alejó deprisa.

Desesperadamente trató de seguirla, pero en cuanto se puso en pie cayó el suelo, golpeándose contra una caja de madera que se astilló.

—Tus piernas aún no responden —le dijo la guía con indiferencia—. Tienes que acostumbrarte.

Él se relamió los labios, esos labios desprovistos de todo pelo, y abrió la boca:

—Ppiiieeerrrrrnnnasssssss…

Pero éstas no respondieron, y tuvo que ver, impotente, cómo el motivo de su existencia se marchaba.