Sacrificio
Primer Capítulo



¿Qué es la vida? ¿De qué depende? ¿Cómo se sabe cuándo llega la hora?

Viviendo en un mundo de tinieblas, mires adonde mires no hay salida. ¿Estamos todos destinados? ¿Tenemos un camino construido a seguir? A veces pienso que sí.

Sobre todo antes, cuando despertaba de mis pesadillas, aquellos sueños que se repetían casi todas las noches, donde veía mi propia muerte tan de cerca. ¿Si sentía miedo? Todos sentimos miedo, todos tememos a la muerte y tratamos de evitarla… Yo soy igual que todos los demás.


En mi hogar, el día a día es una lucha por sobrevivir. ¿Por qué? No es fácil de explicar… Pero todo comenzó con un virus. ¿Qué virus? Uno como otro cualquiera, tan simple como una gripe. Un virus contagioso, un virus que lo infecta todo, o casi todo.

A cada persona le afecta de una forma distinta. Algunos efectos son horribles. Otros, más tolerables. Y, como siempre, hay alguien inmune.

Somos pocos los que, como yo, nos hemos librado de este virus, viviendo encerrados y apartados del mundo exterior, creando nuestro propio oxígeno para sobrevivir. Habitamos en ciudades-fortaleza protegidas de todo cuanto nos rodea. Las calles son estrechas, los edificios muy altos y pegados, la comida escasea.

Aun así hay gente que vive fuera. Comerciantes, los más atrevidos, y los guerreros que se enfrentan a los contagiados, aquellos que fueron alguna vez humanos.

¿Soy drástica? No. El virus se extiende de varias formas, pero todas deforman y cambian al hombre. Nos convierte en mutantes.

Son monstruos que merecen la muerte para descansar sus almas atormentadas, porque no han elegido ser lo que son, porque tratan de huir, como todos, de este virus.

Pero aquí no acaba todo. No solo nacen deformidades ni rasgos animales. Hay otro tipo de mutación, aunque solo se conozca por rumores. Se cuenta que esta mutación hace a los hombres más inteligentes, más fuertes… Superhombres, superhumanos, con colores extraños en sus cabellos, en sus ojos.

Algunos, dicen, parecen hasta normales, pero están infectados como los demás, son peligrosos. Y quizá desearan nuestra muerte por creerse superiores a nosotros. No lo sé.


Pero los mutantes son algo lejano.

A lo que realmente temo es a mi sueño. Que mis peores pesadillas se hagan realidad. Son tan reales… Tanto que tiemblo solo de pensarlo.

Es un sueño que me hace ver el exterior, atada a una silla, mientras miles y miles de agujas se clavan en mi cuerpo y extraen mi sangre para… ¿Para qué?

Muerte. Sufrimiento. Extinción.


Todo gira en torno a lo mismo: sobrevivir, enfrentarse al virus.

Y la única forma de saber si uno está infectado o no es sometiéndose periódicamente a unas pruebas médicas.

En mi caso, acudo con algo más de frecuencia, pues todos esperan descubrir en mí la infección por un sencillo motivo: mi cabello, cambiado genéticamente antes de nacer, es de color azul intenso, y mis ojos son de un verde tan vivo que a la gente le da miedo.

Parezco una de ellos…

Mi madre pidió que fuera así. ¿Por qué fue tan desgraciada? No me importaba lo más mínimo que estuviera muerta, no me dolía que falleciera al darme a luz. Sufría lo suficiente sin pensar en esa mujer.

Vivía con mi padre, el médico de la ciudad. Fue él quien me cambió mientras aún estaba en el vientre de mi madre, pero no valía la pena odiarle por ello, ya que era de lo poco que me quedaba…

A pesar de que ignorara mis pesadillas, diciendo que eran normales, aunque me hiciera tantas pruebas, más de las comunes.


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