La Traición de Orion
Primer Capítulo


—Perdóname —murmura el archimago con tristeza—. Es culpa mía.

—¿Por qué? —pregunta el muchacho—. ¿Qué pasa?

Nota algo frío en la columna y se estremece. Arrodillado en el suelo, con las manos atadas por la magia, extendidos sus brazos, no puede ver qué le están haciendo.

Los gélidos dedos le apartan el pelo y acarician la nuca y entre los omoplatos. Él aguarda, expectante.

Entonces el frío se convierte en fuego, y lo quema.

El muchacho gime, intenta apartarse, pero está atado y no puede moverse. Se retuerce impotente mientras siente con horror cómo su espalda se desgarra, se parte.

Grita.

—¿¡Por qué?! ¡Por favor…! ¡Basta! ¡Basta!

Pero la tortura no cesa. Lo hieren y no comprende por qué.

Intenta huir, retorcerse, grita de dolor. Impotente comienza a llorar sin saber por qué personas en las que confía le están haciendo tanto daño. La magia penetra su piel, duele como si alguien arrancara el pellejo de sus huesos con un gancho ardiendo.

—¡Basta!

Ya no ve nada, las lágrimas velan sus ojos y solo hay sombras en la oscuridad.

—¡POR FAVOR, BASTA!

Grita, grita, pero nadie le escucha, todos lo miran e ignoran sus súplicas mientras sufre, sufre, sufre… Nadie lo compadece, nadie le dice por qué, solo lo observan y lo torturan, observan y torturan, y él se retuerce en agonía.

—Esto es lo mejor que he conseguido —dice el archimago con voz cansada, triste—. Es lo mejor para todos.

El muchacho lo nota entonces: peor que el magma derritiendo la carne en su espalda, peor que partir todos los huesos y convertirlos en astillas que se clavan en sus pulmones, peor que todo.

Ese castigo llega a su alma. La obstruye, la bloquea.

Ellos le están robando la capacidad de hacer magia, le roban aquello que lo convierte en quien es.

Fuera de sí el muchacho lanza un alarido.