Derawen
Primer Capítulo


El cielo hacía mucho que permanecía cubierto. No se veía, pero allí estaba la espesa capa de polución que cubría las estrellas, que difuminaba la luna.

A los humanos no les importaba. Bajo el cielo grisáceo tenían todo cuanto podían desear: altos edificios en los que vivir, tecnologías de ocio, formas de ir al trabajo sin moverse de sus hogares, máquinas que lo hacían todo por ellos.

No veían lo que no querían ver: que en los océanos no había ya vida, que habían talado todos los bosques menos uno, que habían explotado las minas y las montañas y ya no quedaban riquezas en la tierra. No se dieron cuenta de que el aire era difícil de respirar, porque hicieron aparatos para la creación del oxígeno. No vieron que el agua era sucia, porque la depuraban con máquinas. No notaron la falta de animales, porque se alimentaban con pastillas.

Pero, muy lejos de Tirak, otros sí lo notaron, y supieron que el mundo no existiría por mucho más tiempo. Pronto el cielo se quebraría y caería sobre la tierra, haciéndola estallar en mil pedazos.

Y no podían aceptarlo.


Una mañana que comenzó como cualquier otra para los humanos se convirtió en el principio del fin.

El bosque rompió de pronto la barrera que lo mantenía encarcelado. Creció a velocidades vertiginosas, llevado por una fuerza sobrenatural que los hombres no comprendían.

Y de entre los árboles empezaron a emerger criaturas… monstruos de las pesadillas de los niños, criaturas que sólo existían en los cuentos.

O eso pensaban los hombres.

Aquella mañana empezó su final.

Los humanos se defendieron con todo lo que tenían, pero a las bestias nada les afectó. Siguieron avanzando… y empezaron a matar. Los bosques ahogaron las ciudades, derruyéndolas, y los monstruos asesinaron a cientos, miles, millones de humanos.

En un mes, todo Tirak se había vuelto una salvaje selva en que los hombres se ocultaban y trataban de luchar con las escasas armas que les quedaban, todas igual de inútiles.

Cincuenta años después, los supervivientes se habían encerrado tras sus fortificaciones de altas murallas, esperando protegerse así.

Era una esperanza vana.

Lo era, y, no obstante, alguien sintió lástima por ellos, cuando se arrodillaron entorno a improvisados altares y rezaron a un viejo dios al que no habían recordado durante siglos.

Sálvanos, suplicaban.

Aleja a las bestias de nosotros, rogaban.

Danos fuerzas para sobrevivir, pedían.

Y, un día, sus palabras fueron respondidas con una profecía soñada que los llevó junto a un árbol que daba todos los frutos y protegía del sol hiriente con su lánguida cúpula de hojas.

La voz delicada de la mujer dijo:


Un niño nacerá una noche en que lloverá luz del cielo, tras cinco días en que las criaturas no atacarán.

Cuidadlo y criadlo en el bien, en la rectitud y en la convivencia.

Cuando cumpla dieciocho años, dejadlo marchar, y que busque… La Tierra Sagrada.