El Origen del Círculo de las Almas
Primer Capítulo


La ciudad entera temblaba.

Allí abajo, lejos del mirador rocoso desde el que tenía una vista privilegiada, casi podía sentir el desconcierto, primero, y después el miedo de los moradores de la urbe.

Me deleitaba en ese delicioso, glorioso miedo. Me deleitaba en el horror de la pérdida, el terror, en el dolor, del cuerpo y del corazón, no importa cuál, pues yo soy un diablo, y mi razón para existir es… debería ser… provocar el tormento y la agonía a mi paso.

Eso es lo que soy: cruel, lascivo y malvado.

¿Y qué otra cosa querría ser? ¿Qué otra cosa podría ser?

Siempre había seguido los impulsos que resuenan en el corazón de todos los diablos: destruir, torturar, atormentar. No somos los escogidos del Mal, sino que somos sus vástagos, y por tanto más malignos si cabe.

De modo que me abatí sobre la ciudad como una tormenta. Mi poder fluyó hacia la tierra sobre la que se cimentaban los elegantes edificios, y la hizo temblar. Hizo que el fuego de su interior comenzara a ascender, partiendo roca y piedra en su camino hacia la superficie.

Y después del terremoto esa superficie se agrietó, y el fuego comenzó a manar en chorros de lava.

Hubo gritos, lo recuerdo, y yo reí al oírlos en la distancia. Hombres y mujeres con la mala suerte de encontrarse sobre las grietas al abrirse. Personas atrapadas, incapaces de huir de la lava. Familias separadas. Los primeros muertos. Los muchos heridos, cuyo número crecía y crecía.

Los edificios comenzaban a derrumbarse. La lava encendía en llamas la madera. Derretía la roca.

Todo era obra mía. La destrucción, el horror, la desolación. Todo me pertenecía. Todo llevaba mi huella.

Y en lugar de atenuarse, satisfacerse, el Pulso quería más.

Entonces sonó un grito por encima de los demás, una voz diferente, no henchida de miedo sino de ira:

—¡Detente!

Su sombra se cernió sobre mí, el brusco aleteo advirtiéndome de que venía. Un ser alado. Un ángel.

Me agaché para evitar su embestida. Pasó como una centella por encima de mi cabeza, rodó por el suelo y se volvió hacia mí.

Aquella primera imagen se quedó grabada en mis recuerdos, aunque admito que no tuvo mayor importancia al principio. Solo era un ángel: uno hermoso, sí, pero nada más que un serafín agazapado sobre la piedra, que se volvía rápidamente hacia mí, su pelo blanco revuelto por el viento huracanado, los ojos grises, prístinos, el rostro tenso de furia, de odio.

No iba armado. Su sencilla vestimenta era discreta, y solo el pequeño botón dorado que ataba la túnica corta a su nuca daba color a su imagen. La prenda se ceñía a su cintura, pero la espalda estaba descubierta, desnuda casi por completo: toda esa piel alba a merced de quien quisiera hacer uso de ella.

Sonreí, pero no duró mucho.

Mi rival no era un guerrero, eso era evidente, pero sí era rápido. Muy rápido. Su imagen se emborronó ante mis ojos cuando se abalanzó hacia mí…

—¡Para!

…y su hombro golpeó mi estómago con la fuerza de un yunque.

Sin pensar uní las manos y golpeé su espalda. Lo intenté, al menos. Ya no estaba allí.

Trastabillé hasta equilibrarme por fin, casi al borde del mirador. Allí estaba, las blancas alas extendidas, la mirada penetrante, los músculos tensos.

Tuvo un momento de debilidad: miró más allá de mí, sus ojos anclados por un breve instante en la ciudad en llamas, en los desgraciados que sufrían el terremoto y la lava.

—Déjalos en paz —ordenó, pero la ira estaba desapareciendo ante la preocupación, que debilitaba el tono imperioso de su voz.

—Eres un ángel guardián —respondí yo con una risilla queda—. ¿Cuántos de tus protegidos viven allí?

—No te han hecho daño. Déjalos.

—¿Crees que no puedo mantener el flujo hacia ese desastre mientras juegas conmigo, serafín? Porque puedo. Ahora mismo mi poder sigue empujando la lava hacia la superficie. Los edificios se queman y se hunden, la piedra se derrite, la gente muere. Siguen muriendo.

Vi el súbito dolor en su rostro, la mueca, el modo en que apretaba los labios, el irregular aleteo.

—Déjalos —murmuró el ángel, más que una petición, casi una súplica.

Me reí de su intento, que a pesar de resultarme un poco patético tenía cierta valentía. No podía vencerme. Un diablo siempre será más poderoso que un ángel, y el que tenía delante ni siquiera poseía armas con las que atacar.

—Muy bien —respondí, divertido—. Hazme parar, serafín. Oblígame.

Me observó en silencio, el rostro serio, solo un atisbo de emoción en el fondo de las pupilas, lo único oscuro de su imagen. ¿Era acaso consternación? En su momento me pareció preocupación.

Entonces se emborronó de nuevo, pero yo ya estaba listo.

Me embistió, lo esquivé. No era nada contra mí. Mi mano se enredó en su corto pelo blanco. No gritó cuando tiré de él, sino que arqueó la espalda, giró entre mis dedos y lanzó un puntapié contra mi estómago. Lo solté y retrocedí para evitarlo.

—No eres nada —le dije en voz baja, sonriendo—. No puedes hacerme daño.

—No, no puedo —aceptó el ángel.

Eso no le impidió volver a lanzarse contra mí.

Lo esperé. Aguardé hasta el último segundo… y entonces lo golpeé en la cara. El impacto hizo crujir mis nudillos, y su propio ataque lo impulsó hacia atrás como si hubiera embestido un muro.

La sangre salpicó el suelo. Mientras se llevaba la mano a la nariz, con la mirada desenfocada y totalmente desequilibrado por el impacto, aproveché la ocasión: agarré su garganta y lo tiré al suelo.

Jadeó al chocar contra la roca, las articulaciones de sus alas aplastadas sin compasión por su propio peso… por el mío cuando me abalancé sobre él y sujeté sus brazos con presa férrea.

Él era más alto, había notado, aunque apenas unos dedos, pero yo era más fuerte. Se cimbreó debajo de mí, lo que me resultó más erótico que molesto.

—¿Eso es todo? —ronroneé, observando su rostro magullado y ensangrentado, sus ojos embravecidos, el modo en que apretaba los dientes y sus labios se entreabrían para respirar—. ¿No puedes hacer nada más? La gente sigue muriendo, serafín. Allí abajo siguen muriendo.

Él me miró con ojos penetrantes, tan claros, tan fijos.

Entonces me besó.

No me mordió, ni me golpeó. Podría haber hecho ambas cosas. Pero me besó. Su boca se abatió sobre la mía, no furiosa sino desesperada.

El flujo de poder se disipó por completo. Apenas fui consciente de ello. Apenas me di cuenta de que aflojaba mi agarre, presa de la sorpresa, mientras esos labios acariciaban los míos. Sabían a su sangre recién derramada: la sangre cálida de un serafín.

Antes muchos otros me habían besado, y yo había besado al menos a la misma cantidad de seres… demonios, diablos, humanos. Qué más daba. Aquello fue… distinto. Aquel beso no era egoísta ni lascivo. Desesperado, sí. Deseoso, tal vez. Tierno. Amable.

Los labios ensangrentados del ángel se abrieron, invitando a los míos a hacer lo mismo. Nuestras lenguas se encontraron, y noté un suspiro ronco brotar de mi garganta. El placer fue como un pinchazo en el estómago, que se encogió ante la aguda sensación. El suyo temblaba bajo el mío.

Noté una caricia apenas perceptible. Su mano, de algún modo, había llegado a mi cuello. No intentó apartarme… ni mucho menos estrangularme. Solo me tocó, así, casi como el aleteo de un pajarillo. Mis dedos tocaron su pelo, sedoso y fino, al mismo tiempo que nuestras lenguas se enredaban.

Fue un baile lento, lánguido, profundo. Saboreé no solo su sangre. Saboreé las profundidades más recónditas de aquella boca angelical, prohibida. Lo lamí, lo sorbí.

Cuando el ángel volvió a apoyar la cabeza en la tierra yo le mordí el labio. Él me agarró el pelo y tiró, pero no con suficiente fuerza como para hacerme daño. Lo miré, me miró. Sus ojos seguían siendo claros, penetrantes, pero algo los había enturbiado. El deseo brillaba tras sus pupilas.

Sonreí, relamiéndome.

Y entonces su cráneo impactó contra mi nariz.

Con un grito me aparté, alzándome sobre las rodillas. Fue instintivo, apartarme de la fuente del dolor. Antes de abrir los ojos lancé las manos para agarrarlo, para retenerlo… pero ya no estaba bajo mi cuerpo.

Alcé la vista, embravecido. El maldito serafín había alzado el vuelo y me miraba desde arriba, sus labios todavía enrojecidos y húmedos, entreabiertos, invitadores. Vi que temblaba.

Pero también vi que no iba a regresar a tierra.

El ángel se volvió y salió disparado hacia las nubes. Para cuando conseguí ponerme en pie ya no podía verlo.

Bajé la mirada hacia la ciudad. La lava había sido arrastrada de nuevo a las grietas y los fuegos estaban siendo atendidos. No estaba destruida por completo, y mucha gente vivía… aunque la mayoría nunca volverían a ser los de antes.

La idea de acabar con aquella urbe, de terminar el trabajo, ya no me resultaba atractiva. Todo había perdido el color que tenía antes. El Pulso era apenas una vocecilla molesta en el fondo de mi cabeza susurrándome «destruye, aniquila, tortura».

¿Qué me importaba a mí el dolor y la destrucción de una ciudad humana? Había otra cosa que quería más, por encima incluso del impulso maligno de un diablo.

Quería volver a poseer a ese ángel.


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Recuerdo cuando te miré a los ojos, y lo supe. «Que Madre me ampare», pensé. Eras tú. Tú, atrapado en este cuerpo, maldito sea el que te maldijo. Tú, convertido en el peor enemigo de todo lo justo, todo lo bondadoso.

Mi único amor, mi ahae, ¿qué te han hecho? Incluso hora, tantos siglos después, ese dolor es mayor que todos los tormentos que he sufrido a tus manos.