La Caída de las Estrellas
Primer Capítulo


Año 500, Día 1 de Carybdis

El primer día del año, Arkheus utilizó todas sus fuerzas para lanzar un milagro sobre su pueblo.

«Los campos darán el doble de su fruto», pronosticó mientras la energía lo atravesaba y abandonaba. «Los árboles crecerán más deprisa y las hortalizas también. Cada planta de Yine madurará antes, y así, durante un año, podréis cosechar hasta que no haya una sola persona hambrienta en vuestra tierra».

La energía finalmente terminó y el dios quedó débil, aturdido. Se tambaleó, incapaz de sostenerse, y habría caído al suelo de no ser porque alguien lo tomó del brazo y lo mantuvo erguido.

Obligando a sus piernas a aguantar, giró apenas la cabeza y encontró el conocido rostro de su hermano Toxeus, el dios de la guerra, la virilidad y las calamidades, que, como de costumbre, no estaba contento con el milagro.

Él creía que el poder de aquel paraje debía usarse para traer a Yine un nuevo desastre que impulsara a la humanidad a luchar por sí misma. Arkheus lo entendía. Lo entendía, pero aun así creía que habían sido benévolos, compasivos y altruistas durante cien años más, y merecían una recompensa y no un castigo.

—¿Estás contento? —preguntó Toxeus.

Fue la ausencia de acidez en su tono lo que lo puso en guardia. Se volvió un poco más, observando el rostro inexpresivo de su hermano.

No, él no era inexpresivo.

—¿Toxeus? —murmuró.

—¿Por qué no descansas un poco?

El dios de la guerra lo empujó, y Arkheus estaba demasiado débil. Cayó de espaldas al suelo, y antes de que pudiera levantarse el otro ya colocaba una rodilla bajo su esternón.

—No puedes asfixiarme —advirtió la deidad de la justicia y la bondad, el dios primordial de Yine.

—No planeo asfixiarte, estúpido —espetó Toxeus—. Solo quiero que te quedes quieto.

Arkheus no se movió cuando su hermano le colocó una mano sobre el corazón.

Sintió la intrusión. Sintió los dedos de una consciencia que no era suya buscando un resquicio por el que entrar. Buscando.

Encontrando.

—Toxeus, por favor —susurró el dios.

—No te dolerá si no te resistes.

—No puedes quedártelos. Sabes que no puedes.

—Lo sé, pero sí puedo darles un buen uso.

La intrusión se volvió más aguda, más agresiva. Más dolorosa.

Arkheus trató de arquearse y no pudo. Se aferró al brazo de Toxeus, a su pierna, pero no logró moverlo.

Aquel dolor se tornó un cuchillo clavándose entre sus costillas y revolviendo lo que encontrara a su paso. El dios de la bondad gritó, sin aliento.

—Sssshhhhh… —siseó Toxeus con suavidad—. Ya casi está.

—Por… fa… vor…

Débil, incapaz de defenderse, Arkheus cerró los ojos y sintió cómo sus atributos comenzaban a serle arrebatados uno a uno.

«Así no», pensó.

Con un último resquicio de energía que no sabía que tenía, el dios se los arrancó por sí mismo… y los envió lejos, donde estuvieran a salvo.

Lo último que oyó fue el grito de rabia de Toxeus, y después…

Nada.